Basado en hechos reales: La calefacción en el transporte público

domingo, noviembre 23, 2014

Después de dos meses en los que el frío parecía no querer quedarse, parece que por fin ha encontrado su momento y nos ha hecho sacar los abrigos, las bufandas, los gorros y nuestro querido edredón. Hasta aquí todo me parece bien, pero la mayoría de mortales (sobre todo cuando vives en una ciudad grande) viajamos en transporte público.


El transporte público está muy bien, es genial pagar dinero por ir como sardinas en lata, también me encanta el olor por las mañanas de esa gente que no recuerda el sentido del agua, también es genial esperar 20 minutos para coger un autobús, o cuando estás muerta y no funcionan las escaleras mecánicas, me emociona hacer cuatros transbordos o hacer equilibrios para no matarme cuando el bus va lleno y no tengo donde agarrarme, también me encanta gastarme una pasta en el abono o no saber que se me ha caducado y tener que pagar. Pero, si tengo que quedarme con lo que más adoro del transporte público es: LA CALEFACCIÓN.
Sí, es algo que me inquieta desde que llegué a Madrid y que me encantaría que alguien me explicase. Tú llegas de la calle en la que estás a menos 10 grados, llevas veinte capas, un gorro, los guantes, la bufanda, el bolso, el paraguas, las cosas del trabajo y te metes en el metro o en el autobús y resulta que tienen puesta la calefacción a cuarenta grados. Miras a todos los lados buscando desesperadamente un asiento para dejar los trillones de cosas que llevas encima pero no hay ni un huequito. Y en ese momento empieza el drama, la duda existencial te recorre y un escalofrío inunda tu cuerpo, he aquí la cuestión: quitarte el abrigo o dejártelo puesto. Parece fácil de responder pero es un DRAMA, tú estás ahí sudando como si no hubiera un mañana, pensando qué nombre le vas a poner a los pollos que vas a criar debajo de tu abrigo de esquimal con el que podrías sobrevivir tres meses en Siberia. Estás de pie sin poder agarrarte a ningún sitio y empiezas a sudar como si estuvieras en el Sáhara a 60 grados, miras a tu alrededor y ves las caras de desesperación de la gente, todos tienen el mismo dilema. Los más valientes hacen equilibrios para quitarse las quince capas de ropa mientras sujetan el bolso con la boca, la mochila con las rodillas y la dignidad por el suelo. Los más cobardes desistimos y nos pasamos el trayecto rezando por llegar sin derretirnos al trabajo, pero no importa, llegas con el pelo pegado, sudando y con ganas de matar a alguien. Y tengo claro a quién mataría, a esa persona que decidió que en el transporte público había que poner la calefacción a 50 grados cuando en la calle estaban celebrando la comunión de Pingu. 
Y es que si dijeras que es que ahorras electricidad o dinero, pues te digo: OK. Pero, es que encima gastas más. De verdad que me encantaría que alguien me explicara el sentido, que estoy segura que debe tenerlo, que una mente pensante decidió esto y es más listo que todos nosotros, pero mira amigo una cosa te voy a decir: NO TE DESEO NADA MALO SÓLO QUE OJALÁ SE TE ROMPA EL COCHE Y TENGAS QUE IR TODOS LOS DÍAS DE TU VIDA DE MADRID A VILLANUEVA DEL PARDILLO HACIENDO TRANSBORDO EN BUS, METRO Y CERCANÍAS CON LA CALEFACCIÓN A 60 GRADOS, SUJETANDO UN ORDENADOR PORTÁTIL, UN LIBRO Y LA BOLSA DE LA COMIDA MIENTRAS QUE LLEVAS UN ABRIGO DE PELO SINTÉTICO, UN GORRO Y UNA BUFANDA...

You Might Also Like

2 comentarios

  1. Jajajaja me he reído mucho, has descrito mi dilema de todas las mañanas!

    ResponderEliminar